El silencio en el Milano Cortina se rompió con una explosión de aplausos. Donovan Carrillo acababa de completar la rutina más brillante de su carrera y su reacción fue visceral: se dejó caer sobre el hielo y lo besó con una intensidad que solo pueden entender quienes han perseguido un sueño durante décadas. Ese beso no fue casualidad ni dramatismo calculado. Fue la descarga emocional de un atleta que acaba de alcanzar la perfección en el momento más importante.
La actuación del patinador mexicano dejó boquiabiertos hasta a los críticos más exigentes. Por primera vez en toda la temporada, Carrillo ejecutó con precisión quirúrgica un cuádruple Toeloop, ese salto temido que requiere cuatro rotaciones completas en el aire antes de aterrizar sobre una cuchilla de apenas cuatro milímetros de ancho. Pero no se detuvo ahí. Encadenó un cuádruple Salchow que arrancó murmullos de admiración en las gradas y completó dos triples Axel que los especialistas describieron como magistrales por su altura, distancia y una salida tan limpia que parecía desafiar las leyes de la física.
El público italiano se rindió ante el mexicano. Entre la multitud que abarrotaba el recinto destacaban las banderas verdes, blancas y rojas que ondeaban con frenesí cada vez que Donovan ejecutaba uno de sus elementos característicos. Su variación de campana, ese movimiento que se ha convertido en su sello personal, provocó una ovación cerrada que retumbó en las paredes del estadio. La sonrisa del patinador, amplia y genuina, completó un espectáculo que trascendió lo técnico para convertirse en puro arte sobre hielo.
Los números hablan por sí solos: 143.50 puntos en el programa libre que, sumados a su actuación previa, lo catapultaron a un total de 219 puntos, su mejor marca de toda la temporada. Durante varios minutos, el marcador lo situó en la primera posición de la competencia, un lugar que pocos patinadores mexicanos han tocado en la historia de este exigente deporte.
Pero detrás de estos números hay una historia de sacrificio que comenzó cuando un niño de ocho años decidió que quería volar sobre el hielo. A los 13 años, Donovan tomó una decisión que cambiaría su vida: dejar su hogar para mudarse a León, Guanajuato, en busca de mejores condiciones de entrenamiento. El viaje no terminó ahí. Toronto se convirtió en su siguiente destino, alejándose aún más de su familia para entrenar con los mejores del mundo. Años de madrugar antes del amanecer, de caídas que dejaban moretones imposibles de ocultar, de lágrimas derramadas en vestuarios vacíos y de victorias saboreadas en soledad.
Al abandonar la pista, todavía con el corazón acelerado, Carrillo se fundió en abrazos con sus entrenadores y coreógrafos, ese equipo que lo ha acompañado en las buenas y en las malas. Pero sus pensamientos volaron inmediatamente hacia México. Con la voz entrecortada por la emoción, envió saludos a su familia y a todos los mexicanos que lo han seguido en esta travesía. El niño que alguna vez soñó con esto mientras veía competencias en una televisión pixelada acababa de demostrar que el talento sin fronteras puede conquistar los escenarios más exigentes del planeta.
Milano Cortina guardará para siempre la imagen de ese beso sobre el hielo. Un beso que selló no solo una actuación perfecta, sino la consolidación de Donovan Carrillo como uno de los grandes del patinaje artístico mundial.






