«Me sentí como un niño jugando», confesó Donovan tras su actuación histórica, la voz todavía cargada de emoción. Dos años y medio de entrenamiento en el gélido Canadá, lejos de casa, lejos de los abrazos, encontraron su recompensa en esos minutos sobre el hielo. La calma que le transmitió ver a sus padres entre el público fue el ingrediente secreto que faltaba para ejecutar el programa perfecto, ese que él mismo considera un «parteaguas» para el patinaje mexicano.
Pero la rutina guardaba un secreto íntimo que pocos conocían. Al deslizarse al ritmo de «My Way», Donovan no solo buscaba la perfección técnica. Cada movimiento era un tributo a sus abuelos, especialmente a su abuelo, quien falleció hace apenas unos meses. La elección de esa canción emblemática fue el último deseo de una de sus abuelitas, y él lo cumplió de la única manera que sabe: dejando el alma sobre el hielo.
La gloria, sin embargo, viene con su precio. Cuando le preguntaron sobre su futuro, Donovan fue directo: quiere llegar a los próximos Juegos Olímpicos en cuatro años, pero la realidad es cruda. Su sueño depende del apoyo financiero de instituciones y patrocinadores que le permitan mantener las condiciones de entrenamiento que lo han llevado a la élite mundial. El talento está demostrado; ahora hace falta que México apueste por él.
Antes de despedirse, el patinador envió un mensaje que resonó mucho más allá del deporte: «No abandonen sus sueños y metas». Con la humildad de quien conoce el sacrificio y la convicción de quien ha tocado la grandeza, aseguró que el potencial para brillar existe en cada rincón de México y Latinoamérica, no solo en las pistas de hielo, sino en las aulas, en los laboratorios, en cada espacio donde alguien se atreva a soñar en grande.






