Seré breve. Soy Luis Arturo Hernández, apasionado a muerte del ciclismo. Antes que cualquier cosa declaro que nunca, pero nunca, me he subido a una bicicleta para competir, aunque sí he vivido la competencia desde adentro, pero ya hablaremos de eso.
Dejando claro lo anterior, les doy la bienvenida a esta columna. El deporte pedal es una de las cosas que más me fascinan en la vida, y justamente el domingo anterior pude confirmarlo una vez más.
Montreal 2026 fue espectacular. He de ser franco, mi tiempo libre no me dio para disfrutar de todo el programa, pero sí de la prueba contrarreloj elite varonil y la prueba en línea de la misma categoría. Grité, alenté y vibré alto, muy alto, desde mi sala.
Y basta de preámbulos, hay que hablar del elefante en la habitación. Lo de Isaac del Toro fue brutal, la exhibición del bajacaliforniano fue increíble. Ya iremos desarrollando poco a poco su capacidad en este espacio, pero insisto, lo que mostró el domingo es algo digno de mención.
A una semana del mundial podemos destacar varios aspectos. Primero el título de McNulty, el estadounidense supo ubicarse, entendió cómo se tenía que correr un circuito como el del domingo pasado y sobre todo hizo equipo y tuvo estrategia con sus connacionales.
Brandon vio su oportunidad a menos de 40 kilómetros de la meta y la tomó. El escenario contó con la descoordinación de los perseguidores y bueno, todo terminó con él cruzando la meta primero y dándole un año más de “arcoiris” al UAE.
Pero lo de Isaac… dios mío, fue épico.
Señalado como una de las cartas fuertes para el título, el mexicano hizo todo menos achicarse. Como buen mexicano, le entró a los trancazos desde el principio.
No podría atreverme a decir que algo falló, pero sí puedo reconocer que hubo elementos que faltaron. Por lo menos uno, más apoyo del equipo nacional.
Si bien la participación de los pedalistas mexicanos encabezados por Éder Frayre y Edgar Cadena es digna de mención y muchísimo reconocimiento, el escenario ideal para Isaac hubiera sido tener al menos dos compañeros al frente que le permitieran reducir el esfuerzo.
Del Toro tuvo que brincar y defenderse de todos los ataques en su contra, situación que evidentemente terminó por pasar factura a las piernas en los últimos dos o tres giros.
Lo destacado es que no se rindió, que incluso cuando los expertos pensaban que ya habían visto todo de él, el mexicano sacaba fuerzas de quién sabe dónde para llegar al frente del grupo perseguidor y reducir la diferencia con el hoy campeón.
Sí, al final, las cosas no fueron como Isaac (y miles de fans) lo habían soñado, pero el papel de Del Toro es digno de guardarse para enseñarselo a los deportistas mexicanos como motivación para no rendirse, para confiar en la preparación, para saber que no hay rivales invencibles y que la capacidad no tiene nada qué ver con una bandera o con tu país de procedencia.
Sí, Isaac lloró al final del recorrido, quizá por frustración o por la idea de que pudo haber sido el dueño del título mundial, yo prefiero pensar que esas lágrimas serán gasolina pura para Haute Savoye 2027. Francia tiene que ser para el de Ensenada.






