A Nairo Quintana lo “conocí” en el Tour de Francia de 2013. Lo pongo entre comillas porque evidentemente no he tenido la suerte de toparme con él, es más, nunca he ido a Europa, pero fue en esa edición de la ronda gala cuando lo vi correr por primera vez.
Recuerdo esas mañanas calurosas de finales de junio y principios de julio. Algunas veces solo, otras veces con mi hermano, pero el ritual era el mismo diario: prendíamos la tele, sintonizábamos ESPN y disfrutábamos de la etapa del día en la crónica de “Goga” Ruiz Sandoval y los comentarios de Óscar “Trapito” Restrepo.
Para ese entonces yo ya me consideraba fan del ciclismo, aunque aún no me adentraba tanto. Y creo que parte de lo que vendría después para mí, se lo debo al colombiano.
Ver a Nairo era un placer. El boyacense, enfundado en los colores del Movistar, le hacía la pelea a Christopher Froome, del Sky. Mientras Quintana corría más por sensaciones, más con el corazón y con la lectura de la etapa encontrando su momento, el británico lo hacía por nota, era un experto pedaleando a partir de lo que el “ciclocomputador” le indicaba. Conocía sus límites, su ritmo ideal.
Eso para mí era nuevo. Sabía de la tecnología que hay detrás del ciclismo, pero nunca había visto a una superestrella adaptar su estrategia a lo que dijeran los datos. Aunque seamos sinceros, en ese tour, al menos en dos ocasiones, el plan de Froome llegó a fallar contra las piernas del escarabajo.
Con su 1.67 metros de altura, Nairo Quintana era un maestro para torturar la mente de sus rivales. Escalaba como los grandes. Recuerdo particularmente su triunfo en la etapa 20 de ese tour.
Subían “Purito” Rodríguez, Nairo y Froome en la punta de la carrera. Los tres, prácticamente agarrados de la lengua ante la exigencia del ascenso a Semnoz; atrás, venían persiguiendo más de 4 grupos reflejando la dureza de la subida.
El líder del Sky sufría, pero en serio. Ya no daba relevos y su rostro durante la transmisión era la viva imagen del dolor. Cada pedalada dolía.
Rodríguez, el líder español de la escuadra rusa Katusha, jalaba con lo que le quedaba. Sinceramente, el triunfo del día también podía haber sido para él,pero bueno, le tocaba brillar a Quintana.
A poco más de un kilómetro de la meta, Froome lanzó un ataque suicida que solo fue capaz de responder el colombiano. Fiel a su estilo, el de la escuadra británica corría con los ojos clavados en el Garmin confirmando que cada pedalada se mantuviera en el mismo rango de watts, mientras Nairo lo seguía como una fiera que ya había visto herida a su presa.
Fue cuestión de segundos. Quintana Rojas contraatacó y se fue solo. Un metro, dos, cinco, 10, 15… la brecha se abrió con ese vaivén del colombiano que no se me va a olvidar nunca.
Bailaba sobre los pedales con la vista al frente, volteando ocasionalmente para corroborar que nadie le iba a quitar la victoria.
Yo, ya de pie frente al televisor, aplaudía reconociendo el espectáculo que acababa de presenciar. Nairo cruzó con los brazos en alto, 23 años a cuestas, vistiendo de blanco como campeón de los jóvenes y con el maillot de lunares seguro, estableciéndose también como el líder de la montaña. Quizá lloré un poco en ese momento, no lo recuerdo pero tampoco lo dudo.
Este sábado 3 de octubre, Quintana dio por terminada su carrera en el Giro de Emilia con un emotivo pasillo que hicieron los participantes en su honor.
El colombiano es y será parte de la historia latinoamericana del ciclismo. Quizá se le negó el Tour para completar su palmarés, pero ya no es necesario cuando has demostrado al mundo tu calidad como persona y como atleta profesional.
A Nairo siempre le voy a agradecer que, con su entrega, me enseñó a ver este deporte de otra manera; aprendí a vivirlo, a sentirlo y a saber que a veces, el corazón, la pasión y las sensaciones, pueden vencer a los datos, a los pronósticos y por qué no, a las computadoras.
Gracias, Nairo.



