Ángel Rubén Cervantes Ramírez tiene 19 años, vive en Las Joyas —uno de los polígonos de pobreza más grandes y complejos de León, Guanajuato— y hace casi un año creyó que su carrera había terminado antes de despegar. Hoy, recuperado de una ruptura del ligamento colateral medial en el codo izquierdo, se prepara para competir en las Olimpiadas Nacionales de la CONADE 2026 con un objetivo claro y sin matices: la medalla de oro.
La lesión ocurrió en abril de 2025, durante una competencia. No hubo un momento dramático ni espectacular: solo un codo que se flexionó más de lo debido, en el momento menos esperado. Sin embargo, el diagnóstico tras la resonancia magnética fue contundente y, para un levantador de pesas, potencialmente definitivo. «Fue devastador», recuerda Rubén con una calma que solo da el tiempo. «Piensas en todos los sacrificios que hiciste… y que en un segundo todo se puede acabar. En ese momento lo primero que se te viene a la mente es que ya no vas a volver a levantar».
Pese al golpe emocional, no se rindió. Con el respaldo de la Comisión de Deporte del Estado de Guanajuato —institución que lo tiene identificado como una de las jóvenes promesas del deporte guanajuatense y que, al igual que con otros atletas de alto rendimiento en sus escuelas de formación, le brindó el apoyo necesario para una recuperación exitosa— Rubén completó su rehabilitación y regresó a la tarima. Durante esos meses difíciles, encontró sostén en su fe. Una frase en particular lo acompañó a lo largo de todo el proceso: «Si Dios destruyó tus planes, es porque tus planes te pudieron haber destruido a ti». La repitió muchas veces mientras cargaba el brazo en cabestrillo y el gimnasio le quedaba lejos.
Su historia con el levantamiento de pesas comenzó mucho antes de esa lesión, cuando tenía apenas 13 años y escuchó a unos compañeros hablar de un entrenador llamado Rodolfo Hernández, a quien todos conocen como «Rodo», que trabajaba en un gimnasio dentro de la Escuela de Vanguardia, en la colonia Las Joyas, un plantel avalado por la Secretaría de Educación de Guanajuato donde niñas y niños estudian la primaria en contacto cercano con el deporte. Desde ese primer día, fue, según él mismo reconoce, amor a primera vista. Desde entonces, su vida gira alrededor de la barra y el polvo de magnesia.
La rutina de Rubén no es sencilla. Además de entrenar, cursa el sexto semestre de preparatoria en el SABES y trabaja en la construcción para contribuir al gasto familiar. Cargar bultos de arena y cal, lejos de pesarle, lo asume como parte de su preparación. «Todo sirve como entrenamiento», dice entre sonrisas, con la convicción de quien ha aprendido a encontrar ventaja en cada circunstancia. En Las Joyas, el entorno no siempre es fácil, pero Rubén no lo ve como un obstáculo. «Cada quién tiene su propósito», reflexiona. El suyo, dice sin titubear, es ganar.
Dentro del gimnasio, Rubén es un atleta metódico y concentrado. Describe con precisión lo que ocurre en su interior cuando llega el momento de enfrentarse a la barra durante una competencia: el ruido del gimnasio —pesas que caen, entrenadores que gritan, compañeros que animan— desaparece de golpe. «Escuchas todo y no escuchas nada», explica. «Ves todo y no ves nada. Eres tú solo contra la barra». Antes de colocarse frente al peso, se persigna. Su fe, dice, es parte de lo que lo sostiene tanto dentro como fuera de la tarima.
Rubén puede levantar actualmente 120 kilogramos en arranque y 150 en envión. Su participación en las Olimpiadas Nacionales representa, en sus propias palabras, algo profundamente personal: la oportunidad de demostrar que los años de disciplina, y en particular el último año de recuperación y sacrificio, valieron la pena. «Es algo muy personal», acepta sin rodeos. No habla de apoyos económicos ni de viajes con el equipo. Habla de una revancha íntima, de la necesidad de cerrar un ciclo que quedó abierto el día que se lastimó el codo.
Si consigue el oro, su mirada apunta a competencias internacionales. Si no llega esta vez, lo volverá a intentar, porque para él la derrota no es un destino sino una pausa. «No se trata solo de ganar una vez», afirma. «Se trata de no rendirse». En su familia lo ven como un ejemplo: estudia, trabaja y compite al más alto nivel estatal. Y él, lejos de sentir el peso de esa expectativa, parece alimentarse de ella.
Cuando se le pregunta qué le diría al Rubén de hace diez años, guarda silencio unos segundos. Luego responde con la sencillez de quien ya tiene muy claro quién es y hacia dónde va: «Que siga así. Que no se rinda. Seguimos con el mismo sueño». La barra lo espera. Él ya sabe cómo levantarla.






